Viernes, 31 de diciembre de 2010

En este punto debo hacer una mención especial a Jorge Luís Borges. Cuando Borges murió en junio de 1986, el escritor argentino se puso de moda en mi universidad, y casi todos mis amigos comenzaron a leer y a comentar sus obras. Como yo soy enemigo de las modas, resistí esta primera embestida exitosamente…además, en ese momento mi atención estaba enfocada en poetas como Whitman, Baudelaire[1] (Las Flores del Mal[2], Los Paraísos Artificiales, El Spleen de Paris/Pequeños Poemas en Prosa), y Rimbaud (Una Temporada en el Infierno, Iluminaciones), la filosofía de la ciencia[3] y en lecturas sobre historia de las ciencias naturales[4]. Pasó el tiempo, y mientras leía “Uno y el Universo” de Ernesto Sábato un elogio a la obra de Borges, en donde se decía que dicha obra tenía mucho en común con el ajedrez y las matemáticas. De mas esta decir que a duras penas pude resistir, dada mi pasión por estas disciplinas, la tentación de leer algo de Borges, pero seguí con mi actitud de no leerlo mientras los intelectuales siguieran haciendo la exégesis de sus cuentos y poemas. La tercera embestida no pude detenerla, porque asignaron la lectura de “Tlon, Uqbar, Tertius Orbis” en un curso de filosofía al que estaba entrando como oyente. El impacto de esta lectura fue como el de un rayo en un cielo despejado. ¡Que historia tan interesante e inspiradora! No salía de mi asombro a pesar de haberla releído varias veces, y tuve que comentarle a mi amigo Virgilio mis impresiones; él me recomendó que leyera “El Inmortal”, para que la excitación aumentara. Luego de leer “El inmortal”, decidí ir a una venta de libros usados para comprar “Ficciones”, un volumen que incluye los relatos mencionados, junto con otras fabulosas creaciones literarias

Pasaron un par de años y un día en el que Virgilio y yo habíamos ganado buen dinero dando clases de estadística, decidimos ir a revisar la oferta de libros usados que un nuevo librero exhibía en la entrada de la universidad que va a la Plaza Venezuela. El librero en cuestión quedo impresionado con la selección de libros que compre[5], así como por los comentarios que le había hecho a mi compañero para justificar cada compra. “¿En qué escuela estudias?”, me pregunto el librero, y su asombro fue mayor al constatar que Virgilio y yo éramos estudiantes de economía (la llamada “ciencia lúgubre” ). Desde ese día, Paúl (el librero) adopto la costumbre de hacerme leer un relato distinto de Borges cada vez que me veía pasar por la entrada de Plaza Venezuela. Así Fui conociendo los extraordinarios relatos contenidos en “Historia Universal de la Infamia”, “Historia de la Eternidad”, “Nuevas Inquisiciones”. Paúl y yo nos hicimos muy amigos a raíz de estos intercambios, y un día me mostró sus borradores de un estudio sobre la obra de Borges que estaba escribiendo y me pregunto si podía acompañarlo en el proceso de generación de su proyecto. Yo acepte, lo cual implico compartir su estilo de vida a fin de dedicarle el mayor tiempo posible al estudio de la obra borgiana. Fue así como pase más de un año durmiendo en el piso, con el auxilio de unos tragos de ron para olvidar el frío y los mosquitos, tomando un baño cada mañana en las instalaciones deportivas, un café negro y el desayuno en el comedor universitario, jugando interminables partidas de truco[6] y domino. Luego de muchas lecturas y aventuras, al final hicimos una pausa en la rutina de leer y releer las obras completas de Borges. Había llegado la hora de peregrinar a Margarita y dedicarme un tiempo al ajedrez[7], una de las invenciones favoritas de Borges, junto a los espejos y los laberintos.

 



[1] Siempre me ha llamado la atención la profunda afinidad que Baudelaire sintió por E. A. Poe. Sin duda que estos escritores tenían mucho en común: ambos lucharon con la miseria y la melancolía, y poseyeron una psique sensible y retorcida. Luego de la muerte de Poe, Baudelaire fue el encargado de la primera traducción de las obras de Poe al francés.

[2] Este es uno de mis poemas favoritos de este libro:

 

II. L'Albatros


Souvent, pour s'amuser, les hommes d'équipage
Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
Qui suivent, indolents compagnons de voyage,
Le navire glissant sur les gouffres amers.

A peine les ont-ils déposés sur les planches,
Que ces rois de l'azur, maladroits et honteux,
Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches
Comme des avirons traîner à côté d'eux.

Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule!
Lui, naguère si beau, qu'il est comique et laid!
L'un agace son bec avec un brûle-gueule,
L'autre mime, en boitant, l'infirme qui volait!

Le Poète est semblable au prince des nuées
Qui hante la tempête et se rit de l'archer;
Exilé sur le sol au milieu des huées,
Ses ailes de géant l'empêchent de marcher.

 

[3] En particular, entre los autores clave que leí en ese periodo están K. Popper (La Lógica de la Investigación Científica), T. Kuhn (La Estructura de las Revoluciones Científicas), P. Feyerabend (Contra el Método). Pero mi libro favorito de epistemología, y que he releído una diez veces, es el ensayo “Pruebas y Refutaciones” de I. Lakatos.

[4] Del abundante material que revise, destaca como mi preferido “La Revolución Copernicana” de T. Kuhn.

[5] Creo que esa vez compré “El Banquete” de Platón, un libro con discursos de Gorgias y los “Ensayos” de Montaigne en tres volúmenes.

[6] El truco

Jorge Luís Borges

Cuarenta naipes han desplazado a la vida.
Pintados talismanes de cartón
nos hacen olvidar nuestros destinos
y una creación risueña
va poblando el tiempo robado
con floridas travesuras
de una mitología casera.

En los lindes de la mesa
la vida de los otros se detiene.
Adentro hay un extraño país:
las aventuras del envido y quiero,
la autoridad del as de espadas,
como don Juan Manuel, omnipotente,
y el siete de oros tintineando esperanza.

Una lentitud cimarrona
va demorando las palabras
y como las alternativas del juego
se repiten y se repiten,
los jugadores de esta noche
copian antiguas bazas:
hecho que resucita un poco, muy poco,
a las generaciones de los mayores
que legaron al tiempo de Buenos Aires
los mismos versos y las mismas diabluras.

 

[7] Ajedrez

Jorge Luís Borges
I

En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?


Publicado por Hakuin @ 18:32
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