
Cuando cursaba el segundo grado de primaria, durante los días que la Maestra no podía atender nuestro salón, yo solía acercarme al curso de tercer grado para escuchar alguna que otra clase. La Maestra de tercero apreciaba esas visitas puesto que yo sabía sumar y restar con precisión, e incluso había memorizado las tablas de multiplicar del 2 al 5, lo cual contrastaba con la gran mayoría de los estudiantes de ese grado. Sin embargo, mi fama de “niño inteligente” llego a su fin un día en que, durante una de mis visitas al curso de tercero, la Maestra estaba hablando sobre el descubrimiento de América, y durante su exposición yo levante la mano y dije: “No estoy de acuerdo con algo de lo que dijo, Señorita…creo que la tierra no es redonda sino que es plana, o al menos eso es lo que pienso.” El curso estallo en risas y la Maestra justifico mi ignorancia diciendo que un niño de mi edad (seis años) quizás no esté en capacidad de entender ese tópico. Lo que me dejo más triste es que casualmente llevaba un buen tiempo pensando sobre ese tema, y otros más, que me hermanaron con muchos otros niños y con hombres que habían vivido 2500 años antes de mí[1].
Siempre me ha llamado la atención la forma en la que asumimos ciertas cosas como si fueran verdaderas sin necesidad de comprobarlas por nosotros mismos. Es obvio, como nos dice nuestro buen amigo Descartes, que poner en duda todo lo que suponemos verdadero de una vez podría impedir tomar decisiones practicas; pero por otra parte, ¿cómo se pueden tomar buenas decisiones si los supuestos en los que se basan están son endebles? La Biblia está llena de interesantes analogías sobre este tema como, por ejemplo, la que hayamos en Mateo 7:24, donde Jesús de Nazaret nos dice: “Por tanto, todo el que me oye estas palabras y las pone en práctica es como un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca.” Antes de escribir esto he visto la maravillosa película “La Teta Asustada”, y me conmovió la forma en que se muestra como las creencias, y los sentimientos que se les asocian, afectan la forma en que vivimos.
La resolución de enigmas es una forma de hacer explícitos los supuestos que manejamos, y probablemente esta sea la verdadera base de nuestro aprendizaje. En muchos casos, el aprendizaje requiere valor para asumir ciertos riesgos. Recuerdo que dos de mis primos, Oswaldo y Cesar, eran contemporáneos y se la pasaban peleando, cuando ambos tenían alrededor de cuatro años; pero uno de ellos, Oswaldo, casi siempre salía victorioso en los combates. Poco antes de los carnavales, Cesar le pidió a su madre que le comprara un disfraz de Superman, bajo la presunción de que convertido en un héroe podría darle una buena paliza a su archirrival. Yo estaba de visita en la casa de Oswaldo, cuando de repente se presenta Cesar y le planta la cara a su primo con actitud retadora. Ante la actitud de Cesar, Oswaldo no dijo nada sino que le plato un puño en la cara a Cesar antes de que yo pudiera detenerlo. Al final, el pobre Cesar se tuvo que retirar llorando a su casa[2].
Descubrir los supuestos que utilizamos para resolver problemas, abstractos o concretos, no siempre es fácil, de la misma forma que a veces resulta difícil comprender porque tenemos ciertas respuestas emocionales ante ciertos acontecimientos. Una historia que me ha resultado fascinante sobre como la heurística permite ir descubriendo los supuestos que están presente en nuestros razonamientos es la que narra Paul Niquette, en su libro 101 Words I Don´t Use. Un profesor llega a un salón lleno de estudiantes del doctorado de ingeniería de la UCLA, y sin informar siquiera su nombre les hace al grupo la siguiente pregunta: “Tengo anotado en esta hoja un numero entre 1 y 1000, ¿qué numero es?”. El grupo quedó en silencio durante un rato, hasta que uno de ellos levanto la mano y dijo “198”, el profesor chequeó la hoja en la que tenia escrito el numero para luego decir que no era ese. Otro propuso 999, pero la respuesta fue negativa. De repente un estudiante le dijo: “¿El numero es mayor que 500?”, a lo que el profesor respondió afirmativamente, cosa que levantó un murmullo en el salón de clases, entre los que se oyó un: “¡aja!”. Luego se sucedieron una serie de preguntas provenientes de distintas partes del salón: “¿Es menor a 750?”, “¿Es mayor a 600?”, “¿Es menor a 700?”, cada una de las cuales fue respondida afirmativamente. Finalmente, un héroe anónimo dijo desde el fondo del salón “¡Entonces se trata del 666!” Y cuando el profesor respondió que así era, el salón estallo en aplausos.
Pero lo más interesante ocurrió luego. El profesor comenzó a preguntar a sus estudiantes sobre el proceso mediante al cual se llego a la solución. Uno de los estudiantes le dijo que su primera impresión era estar en la “dimensión desconocida”, el siguiente dijo que el problema planteado venía acompañado de muy poca información, ya que adivinar el número requeriría de un promedio de 500 intentos. “Pero luego sucedió algo, un estudiante fue osado y nos propuso una respuesta (198) que coincide con el numero del salón, bajo el supuesto de que yo pude haber apuntado el número al entrar al salón; sin embargo, yo podría haber tomado ese número de mi propia memoria: 366 días del año bisiesto, 101 Dálmatas, Carretera 66, etc.” “Pero luego hubo una intuición genial”, continuó el profesor, “ya que se me preguntó por información adicional, lo cual generó el grito del descubrimiento (¡Aja!), ¿y que fue lo que descubrieron?” “¡Un algoritmo!”, dijo uno de los estudiantes. “Y la clave estuvo en suponer que yo podría aportar información verdadera para llegar a la solución” sentenció el profesor. Siempre que se carece de suficiente información, hay que establecer ciertos supuestos, que sin embargo deben hacerse explícitos para evitar tomarlos por verdades. Por ejemplo, el curso tomó como dado que el número era entero y que la proposición “el número está entre 1 y 1000” es verdadera. Al final de la discusión, el profesor les dijo: “quizás sientan que son muy inteligentes por haber hallado un algoritmo para encontrar el número, e incluso por haberlo refinado durante la discusión, pero la verdad es que no solucionaron el problema de la manera más corta.” Uno de los estudiantes intervino y dijo: “¿eso quiere decir que si le preguntábamos el número directamente, usted nos lo habría dicho?”, a lo que el profesor respondió “efectivamente, esa era la forma más rápida de saber cuál era el número que yo había escrito en la hoja, pero no se lo digan a nadie.”

El arte del descubrimiento está al alcance de todos y resulta de gran utilidad en los contextos más variados. Y explicitar los supuestos que utilizamos para resolver los problemas es una pieza clave en la resolución de los enigmas a los que nos enfrentamos. Un par de ejemplos adicionales quizás ayuden a aclarar el mensaje. A principios de los años ochenta, comencé a ver una serie de televisión llamada Alma Mater, centrada en un grupo de estudiantes de Derecho. El profesor Charles Kingsfield[3] les propuso a sus estudiantes un trabajo de investigación que implicaba responder 100 preguntas sobre el tema de los contratos durante el lapso de un día completo, que en muchos casos involucraban oscuras referencias a casos del pasado lejano. Las condiciones relacionadas con la obtención de una “A” impuestas por el profesor eran tales que se desató una feroz cacería por todas las bibliotecas y centros de documentación para apropiarse, de manera exclusiva, de la información necesaria para resolver las preguntas planteadas. A tal punto llegó la competencia que algunos comenzaron a arrancar las páginas de los libros que no podían ser retirados en préstamo circulante, para impedir que los otros equipos accedieran a su contenido. El grupo líder se dio cuenta al inicio de la tarde de que, aunque había garantizado la mayoría de las respuestas, había llegado a un punto muerto, así que concertaron un encuentro con los demás equipos. Durante la reunión ocurrió algo notable, ya que se hicieron explícitos los supuestos que habían manejado hasta ahora, y que habían llevado a un comportamiento tan competitivo que impedía a ningún grupo particular el completar la tarea. Uno de los protagonistas de la serie, James Hart, se levantó y dio un discurso que me causó un gran impacto: el profesor Kingsfield sabía que si utilizaban los supuestos erróneos, la conducta de los grupos los llevaría a reprobar a todos; y sin embargo, les había dado una pista implícita en el tema de investigación. “¿Cuál es la base de los contratos?”, pregunto Hart a los demás. De inmediato surgieron expresiones como garantías, seguridad, protección, etc.; pero Hart les dijo “todas esas cosas son importantes, pero la base de los contratos es la cooperación (para la resolución de los conflictos)”. Los estudiantes allí reunidos comprendieron de qué se trataba ese juego, y al constatar que entre todos los grupos poseían todas las respuestas, se iniciaron rondas de negociación para intercambiar las mismas, generándose múltiples contratos entre los grupos. Al día siguiente, el profesor Kingsfield se mostró satisfecho con los resultados del ejercicio.

El segundo ejemplo se relaciona con una experiencia personal. Cuando cursaba el segundo año de la carrera de Economía, decidí tomar el curso de Microeconomía con un profesor que era temido por su fama de reprobar a la mayoría de sus estudiantes. Inicialmente el curso estaba conformado por 40 estudiantes, pero luego del primer examen los retiros y abandonos masivos redujeron la cantidad de asistentes a 12, a los se nos llamó “los doce apóstoles”[4]. Entre los supervivientes estábamos los cinco estudiantes con mejor promedio de calificaciones del primer año, que habíamos aprobado el primer examen con un promedio de 16 (de un máximo de 20), así que teníamos confianza en terminar el paseo por el infierno sin quemarnos demasiado. Mi régimen de estudio incluía la lectura de cuatro libros de Microeconomía moderna (los de Bilas, Fergunsos, Call y Hollahan, y Salvatore), dos libros clásicos (“Valor y Capital” de Hicks, y “Principios de Economía” de Marshall), y uno de economía matemática (Alpha Chiang); para luego proceder a resolver problemas aplicando lo aprendido teóricamente[5]. Llegó el día del segundo examen, y cuando leo la primera pregunta casi me desmayo. No recordaba nada, ni en mis lecturas ni en mis sesiones de práctica, que se pareciera al problema planteado. El problema era más o menos así: “Un asesor del nuevo presidente de la compañía Metro de Caracas, en un esfuerzo por adelantar propuestas audaces, le envió un informe a su jefe donde, basándose en estadísticas sobre el volumen de usuarios por hora, concluye que sería conveniente trabajar sólo durante las horas pico. Evalúe esta propuesta haciendo uso de lo aprendido sobre la teoría de la empresa.” Al principio me pareció que el asesor, aunque “se había pasado de creativo”, tenía algo de razón. En efecto, algunos costos variables debían reducirse a medida en que no se operara, como por ejemplo los gastos en electricidad. Sin embargo, intuí que algo estaba mal en la propuesta, ya que las compañías de transporte subterráneo alrededor del mundo usualmente hacen horario corrido. Luego hice un par de dibujos en una hoja que había reservado para hacer operaciones y gráficos, y traté de pensar cuales costos eran fijos y cuales variables. De repente me vino a la mente que quizás los costos fijos eran más importantes, ya que las inversiones iniciales son cuantiosas. Reflexionando un poco más, me di cuenta de que debía revisar de nuevo la propia definición de costo variable aplicada a este caso, y me di cuenta de que durante el lapso de un día incluso los costos laborales se pueden considerar como fijos. Finalmente, con mi mente limpia de supuestos erróneos, me apresté a elaborar la respuesta: el asesor estaba equivocado porque la política óptima para la compañía del metro es la de hacer el mayor número de viajes posibles durante la jornada, ya que el costo por viaje es decreciente durante ese período de tiempo[6]. Al final, el resultado de este examen me permitió estar en el grupo de ocho “apóstoles” que aprobamos en forma directa, mientras que los cuatro restantes aprobaron en la reparación.
[1] Estoy seguro que la mayoría de los niños construyen su propia cosmología, que luego desechan al aprender lo que los científicos nos han legado. Y con respecto a la filosofía, comparto la creencia de Aristóteles de que todos filosofamos querámoslo o no. En relación con esto último, me dio mucha risa la primera vez que leí “El Perseguidor” de Julio Cortázar y me tope con lo siguiente:
“…-Tienes el pan ahí, sobre el mantel -dice Johnny mirando el aire-. Es una cosa sólida, no se puede negar, con un color bellísimo, un perfume. Algo que no soy yo, algo distinto, fuera de mí. Pero si lo toco, si estiro los dedos y lo agarro, entonces hay algo que cambia, ¿no te parece? El pan está fuera de mí, pero lo toco con los dedos, lo siento, siento que eso es el mundo, pero si yo puedo tocarlo y sentirlo, entonces no se puede decir realmente que sea otra cosa, o ¿tú crees que se puede decir?
-Querido, hace miles de años que un montón de barbudos se vienen rompiendo la cabeza para resolver el problema….”
[2] Por supuesto que, aunque Oswaldo mostro una capacidad de respuesta digna del “Colmillo Blanco” de London, yo me quede admirado de lo que mi primo más débil demostró ese día. Yo mismo, cuando era de su edad, había metido la mano en un rodillo de lavadora para ver si mi brazo quedaba planito como un papel, había probado la espuma del detergente para ver si era dulce como el merengue, y hasta me había golpeado la cabeza para ver si veía las estrellitas que mostraban en los cartoons.
[3] En el primer capítulo de la serie, Kingsfield le dijo, entre otras cosas, a sus estudiantes de primer año: “Ustedes han llegado aquí con la cabeza llena de humo…” lo cual generó diversas respuestas emocionales en el alumnado.
[4] Probablemente un mejor nombre habría sido “los doce del patíbulo”.
[5] La fase final de repaso y resolución de problemas la compartí con otro de los “apóstoles”, mi amigo Rafael. Recuerdo que a este buen amigo le gustaba mucho la música de Chico Buarque, Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat, los cuales gracias a estas sesiones pasaron a estar entre mis intérpretes favoritos. Cuando terminábamos nuestro entrenamiento, solíamos beber unas cervezas mientras escuchábamos viejos discos de Los Beatles, hasta que llegaba la hora de dormir.
[6] Un par de años después encontré la misma idea en un libro de Microeconomía que no había consultado. Allí se le llamaba “cortísimo plazo” al período de tiempo en el que todos los costos son fijos.
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Lo que pasa es que a veces me daba por ponerme a explicar todo lo que sucedia a mi alrededor y me parecia una actividad bien divertida