
Luego de su brillante campaña en Hispania, Escipión regreso a Roma y fue nombrado Cónsul. Sin embargo, a pesar de los éxitos alcanzados, el Senado romano estaba dividido en torno a cuál era la estrategia adecuada para poner fin a la guerra. Fabio Máximo, reconociendo el genio del nuevo Cónsul, le pidió a Escipión, en contra de lo que hasta ahora el mismo había recomendado, que atacara directamente a Aníbal en Italia y exterminara de una vez la amenaza. Sin embargo, el Senado decidió finalmente apoyar el plan de Escipión de enviar una fuerza expedicionaria al norte de África. Sin embargo, el consenso implicó que Escipión solo pudiera contar con 2.000 voluntarios italianos y dos legiones compuestas por soldados deshonrados, sobrevivientes de la batalla de Cannas, destacadas en Sicilia.
Escipión no se amilanó por la escasez y baja calidad de sus recursos, y se fue al corazón del territorio enemigo. Una de las claves del plan de Escipión era tratar de aprovechar la división que había entre los númidas. Masinisa, príncipe del reino númida del este, había combatido contra los romanos en Hispania, pero luego de la derrota de Ilpa, regreso a su hogar para encontrar que su hermano pretendía quedarse con el reino y que Syphax, el Rey númida del oeste, había aprovechado esta división para anexarse una parte del reino oriental. Escipión, calculó que Masinisa se convertiría en su asociado en lo que arribara a África, ya que Syphax era un aliado incondicional de Cartago. Una pequeña pero significativa victoria de su infantería contra la unidad de caballería cartaginesa que fue enviada a repeler la invasión fue clave en catalizar esta alianza, y la aprobación de recursos adicionales por parte del Senado.
Contar con una caballería competitiva era lo que Escipión necesitaba para incrementar significativamente sus posibilidades de éxito, y esto quedo resuelto un vez que Masinisa se le unió en la ciudad de Utica. Los cartaginenses organizaron su ejército, dirigido por Asdrúbal Gisco, y recibieron el refuerzo de Syphax, con lo cual se sintieron en capacidad de atacar al invasor romano, pero Escipión se retiró de su posición sin presentar batalla, y se refugió en una península. El ejército cartaginés estableció sus campamentos en Utica, y se sentían sumamente confiados en su superioridad numérica. Pero Escipión los sorprendió con una maniobra envolvente y atacando los campamentos enemigos. Syphax fue capturado y enviado a Roma encadenado.
Luego vino una fase muy interesante, ya que Escipión no quiso ir a sitiar Cartago, sino que se dedicó a bloquear las líneas de suministro, para inducir al Senado cartaginés a rendirse. Tan confiado estaba, que permitió a Masinisa que fuera a su reino a terminar de consolidar su autoridad. Los cartaginenses finalmente parecieron ceder, y enviaron un acuerdo de paz a Roma, pero la tregua temporal fue rota por la noticia del arribo de Aníbal a África con la totalidad de las tropas que tenía acantonadas en Italia. Los remanentes de las tropas que habían sido expulsadas de Hispania también arribaron para reforzar la defensa de Cartago y preparar la contraofensiva.
Escipión se encontró ante una situación que parecía un dilema: ¿debía atacar a Aníbal antes que se uniera al resto de sus aliados o debía prepararse para una difícil defensa? Lo que hizo, como todos los grandes estrategas fue hacer uso de una aproximación indirecta[1]: Marcho con su ejército hacia el sur, adentrándose en el territorio cartaginés y amenazando regiones desde las que tradicionalmente se suple la ciudad de Cartago, al tiempo que reduce la distancia con su gran aliado, Masinisa, quien ha recibido una comunicación urgente para acudir en auxilio de los romanos. Pero el verdadero objetivo de la estrategia de Escipión se revelo cuando el Senado de Cartago envió la orden a Aníbal para que persiguiera a los romanos: Escipión prácticamente eligió el terreno de la batalla decisiva. En la llanura de Zama, los romanos recibieron el refuerzo de 6.000 unidades de caballería, comandadas por Masinisa, justo en el momento del arribo de Aníbal. La llanura había sido el “terreno del terror” para los romanos, porque que favorece a la caballería, pero ahora este factor estaba a favor de Escipión. Como era de esperarse, Aníbal arrojo primero a sus 80 elefantes de guerra, pero los romanos mantuvieron sus posiciones y las bestias fueron dispersadas rápidamente; luego vino el enfrentamiento de las unidades de caballería, en ambos flancos, y esta vez la caballería de Aníbal sufrió una temprana persecución por parte de la caballería romano-númida. Mientras esto sucedía, las unidades de infantería chocaban en el centro, los romanos aniquilaron a la primera fila de aliados de Cartago, compuesta por ligures y galos, y luego a la segunda línea compuesta por africanos bajo el mando de Hanon, pero los romanos acusaron el cansancio de tan grande esfuerzo. Esto era los que esperaba Aníbal, quien atacó decididamente al mando de su tercera línea de infantería, compuesta por veteranos que él había reclutado en Italia. Cuando la infantería romana comenzaba a ceder terreno ante el empuje del enemigo, retorno la triunfante caballería romano-númida, que asesto un golpe decisivo a la retaguardia de las tropas de Aníbal. La victoria de Escipión, con la importante colaboración de Masinisa, fue tan decisiva, que poco después de esta batalla Cartago se rindió.

Los romanos se adueñaron de lo que anteriormente fueron dominios cartaginenses, al tiempo que impusieron enormes tributos a los derrotados. Aníbal decidió hacer carrera política en su ciudad, y fue elegido Sufete (jefe de la magistratura), cargo que ejerció brillantemente, lo cual condujo a la economía de Cartago a recuperarse rápidamente. Los romanos demandaron entonces a la elite dominante de Cartago la cabeza de Aníbal, por lo cual este tuvo que salir al exilio. Aníbal fue recibido por el Rey Antíoco III de Siria, quien se preparaba para atacar a los romanos. En una de las treguas que ocurrieron en esta guerra volvieron a encontrase Aníbal y Escipión el Africano, y luego de una agradable conversación, el romano pregunto al cartaginés quién a su juicio ha sido el mejor General de la historia. Aníbal respondió “Alejandro de Macedonia”; “¿y el segundo mejor?”, “ese fue Pirro de Epiro, sin duda alguna”. Escipión estaba un poco incómodo y le presiono un poco más, “¿y el tercero?”, “Ese lugar me corresponde a mi” contesto Aníbal. Escipión entonces le dijo “¿y que queda para mí que te derrote en Zama?” a lo que Aníbal respondió: “¡Si yo te hubiera derrotado en Zama, sería el numero uno!”
Antes el triunfo de los romanos en la guerra con Antioco III, Aníbal se refugió en Bitinia, bajo la protección del Rey Prusias. Allí, tuvo el placer de dirigir tropas contra un antiguo aliado de Roma, el Rey Eumenes II de Pergamo. Estos éxitos atrajeron sobre si la atención de Roma, lo cual probablemente aceleró su muerte. Cornelio Neponte escribió al respecto: “los senadores romanos, conscientes de que mientras viviera Aníbal jamás se verían libres de alguna estratagema suya, enviaron legados a Bitinia para pedir al Rey que no retuviera a este hombre, el más acérrimo enemigo de Roma, y que se lo entregara.” Ante la negativa del Rey, las tropas romanas cercaron la casa de Aníbal. Pero el gran General, “no queriendo morir a manos de nadie, y teniendo presente su antiguo valor, se tomó el veneno que solía llevar siempre consigo.”
Los años pasaron, y Cartago fue recuperando un poco de su antiguo esplendor. El Rey Masinisa entonces ataco el territorio cartaginés, y la respuesta defensiva dio pie a los romanos para intervenir. Los romanos comenzaron a hacer demandas desmesuradas para provocar a Cartago a declarar la guerra. Los cartaginenses trataron de evitar una nueva confrontación con Roma, pero toda la secuencia fue un montaje: Roma había determinado Carthago delenda est (Cartago debe ser destruida). La ciudad resistió tres años de guerra, durante los cuales los ciudadanos resistieron y dieron todo de si por la defensa de la ciudad, hasta el punto que se dice que incluso las mujeres donaron sus cabellos para la elaboración de cuerdas para los arcos. Sin embargo, la ciudad fue finalmente tomada por Escipión Emiliano. Nueve de cada diez cartaginenses fueron asesinados y el resto fueron vendidos como esclavos.
[1] Lo anterior podría sonar como ese político venezolano del que se asegura solía decir ante una pregunta de dos opciones que “ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”, pero en este caso el dilema solo es posible en el marco de aproximaciones directas (ataque o defensa). Para construir un ejemplo de lo que es la aproximación indirecta, imaginemos que vivimos en un barrio marginal y que el jefe de una pandilla de malandros ha jurado que no viviremos otro día. Supongamos que no tenemos armas ni aliados poderosos, y que solo contamos con una habilidad: podemos saber los que va a pasar en el siguiente minuto (esta idea aparece originalmente en Momo, de Michael Ende), no lo que haremos nosotros, sino lo que los demás van a hacer el siguiente minuto. Entramos al barrio y comenzamos a tomar decisiones sobre que calles tomar, cuando caminar y cuando detenernos, subirnos a una verja, correr, golpear a un enemigo desprevenido… todo lo que hagamos con la información del próximo minuto para sobrevivir será, para la pandilla que desea acabar con nosotros, algo que posea un patrón sumamente complejo e incierto.
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