
En la película Las Invasiones Bárbaras, entre los muchos diálogos que me resultaron estimulantes para la reflexión, hay una conversación entre Remy y sus amigos en la que postulan una “inteligencia colectiva” que ha hecho aparición en ciertos períodos de la humanidad: Grecia clásica, El Renacimiento, etc. Yo sigo teniendo fe en los individuos y, como buen economista, tiendo a considerar los fenómenos colectivos como derivados de la conducta individual. Claro que la confluencia de individuos destacados, como en muchas situaciones que se han denominado equilibrios múltiples, es algo que debe tener algún detonante, como por ejemplo la caída de Constantinopla en manos de los turcos que llevó a que en Italia convergieran hombres e ideas.
Por supuesto que hay muchos fenómenos que solo son posibles si un grupo de individuos simultáneamente toma ciertas decisiones; un ejemplo de ello son las revueltas: un individuo quizás encuentre sumamente riesgoso el hacerle frente a la autoridad, pero una masa crítica de individuos incentiva a los menos valientes a unirse a la acción, al diluirse los riesgos. Incluso recientemente, se esta elaborando una teoría del desarrollo económico en la que es la confluencia de individuos emprendedores e innovadores, ventajas comparativas y políticas públicas, se traducen en industrias competitivas cuyo favorable desempeño provean estímulos positivos a la inversión y la innovación, que a su vez…llevan finalmente al incremento sostenido del bienestar.
A nivel de la vida de personas comunes y corriente como yo, también pueden ocurrir pequeños milagros que cambian la dirección de nuestro devenir. En mi caso, sucedió que cuando cursaba el tercer año de bachillerato, se produjo una micro-confluencia que tuvo un impacto permanente en mi vida. Yo llevaba un tiempo estudiando un libro de ajedrez de Fred Reinfled[1], y me había familiarizado con la notación, el valor de las piezas y algunas aperturas. Como creí que mi nivel había progresado a un nivel relativamente avanzado, me apunté en el torneo de ajedrez de mi liceo, con la esperanza de ganarlo sin muchas dificultades. Mi expectativa tan optimista se basaba, no solo en mi progreso personal, sino en la observación de que el ajedrez no era un deporte popular en mi provincia.
La primera sorpresa se presentó al comienzo del torneo, ya que constaté que había otro chico de mi salón participando, un muchacho que venia del estado Zulia de apellido Zavala. Pero lo más interesante fue constatar la cantidad de participantes que se habían inscrito de los otros cursos de tercer año. Las conversaciones con los otros jugadores me demostraron que estos poseían en general un conocimiento avanzado del juego, y al final no me extrañó ser eliminado tempranamente. ¿De donde habían salido tantos buenos jugadores de ajedrez? Al final del torneo le dije a Zavala que podíamos entrenar juntos si le parecía bien; por su parte, el subcampeón del torneo (Ernesto), que había escuchado por casualidad nuestra conversación, nos dijo que sería agradable si le permitiéramos que se uniera a nuestro entrenamiento[2]. Ernesto tenía mucho más nivel que nosotros, así que aceptamos gustosos compartir un par de horas diarias con él. En una de estas sesiones, Ernesto nos dijo que el mejor jugador del liceo no había participado en el torneo ¿hay otro compañero mejor que Lira[3] y que tú? Le pregunté, y Ernesto me dijo que si y que su apellido era “Zabaleta”.
Un año de intenso entrenamiento había pasado, y Ernesto me invitó a unirme al club de ajedrez más importante de nuestra provincia, el Peón Cuatro Rey (P4R). Yo vivía fuera de Porlamar, el club funcionaba en las noches y el trasporte directo hacia mi pueblo dejaba de trabajar a las nueve de la noche, de manera que se me hacia difícil jugar allí. Es aquí cuando ocurre otra importante confluencia: mi hermano me dice un día que conoce a un muchacho que tiene fama de ser el mejor jugador de ajedrez de nuestro pueblo, y yo de inmediato le pedí que me llevara a su casa para desafiarlo a un duelo ajedrecístico. El rival se llamaba Martín[4], y nuestras dos primeras partidas dejaron un saldo de un triunfo por bando. Mi alegría no tenía limites, ¡ya podía practicar durante la noches y los fines de semana! Eso me ayudó a progresar todavía más y gracias a que mi nuevo amigo conocía una forma para poder regresar al pueblo a altas horas de la noche, pude incluso comenzar a asistir al P4R.
En el P4R conocí a los mejores jugadores de Nueva Esparta de ese entonces, y comprendí que las actividades que allí se desarrollaban habían estado causando en parte la aparición de tantos buenos ajedrecistas entre las categorías infantil y juvenil. Al poco tiempo fui invitado a participar en el campeonato juvenil de Estado, y el resultado no fue demasiado bueno, pero si lo suficiente como para ganarme un cupo en el equipo[5]. Sin embargo, un problema personal con el profesor de física de cuarto año me llevó a tener que reparar una materia donde desde el comienzo estaba entre los mejores estudiantes. Mi madre me castigó, negándome el permiso para jugar el campeonato nacional juvenil por equipos, porque atribuyó mi fallo a la “fiebre por el ajedrez”.
Un par de meses después, me hallaba en la línea de inscripciones de quinto año de bachillerato, cuando un amigo me saluda y me pregunta como me había ido en el nacional. Yo le conté lo que había pasado, y como a último minuto habían convocado a “un tal Henry Guerra” a ir en mi lugar, ¡un desconocido que ni siquiera había jugado el torneo clasificatorio! El muchacho que estaba detrás de mi en la línea me tocó el hombro y al voltearme me dijo: “yo soy ese tal Henry Guerra, ¿y quien eres tu?” Luego de decirle quien era, lo invité a un duelo en el tablero al salir de la inscripción. Sólo jugamos dos partidas ese día, pero el saldo quedó igualado. A partir de allí surgió una nueva rivalidad que potenció mi pasión por el juego, así como una gran amistad con un excelente ajedrecista. Al salir de el club de ajedrez del liceo, un amigo de Henry lo saludo diciendo:”¡que hubo Zabaleta!” ¡Así que este es el misterioso jugador que se negaba a participar en torneos! Henry me contó que ese era su segundo apellido, y muchos amigos lo llamaban de esa forma. Un nuevo período de crecimiento en el campo ajedrecístico se abrió ese día. Siempre expresamos una gran admiración mutua, y mientras que Henry siempre decía que yo era mejor que el debido a mi buen manejo de la teoría ajedrecística, yo solía afirmar que él era mejor que yo porque poseía una fina intuición que le permitía encontrar jugadas inesperadas[6].
La dinámica de nuestro entrenamiento se complementó con la práctica de algunas variantes del ajedrez, como el ajedrez Marsellés, El ajedrez escocés, y el gana-pierde, además de emplear un buen tiempo cultivando el ajedrez “a la ciega”. Y no solo competíamos en ajedrez, el baloncesto, el billar y el domino también formaron parte de nuestras reuniones, ¡y hasta en un par de ocasiones tratamos de conquistar a la misma chica! Un día, a mediados de quinto año, conversamos sobre nuestros planes para el futuro, y yo le dije que mi camino era irme a Caracas a estudiar en la Universidad Central de Venezuela. Mi amigo me dijo que él no se veía como universitario, y que quería probar suerte en el ejército. A raíz de nuestros planes de vida, nuestras vidas divergieron nuevamente, y aunque durante los siguientes tres años nos vimos en las vacaciones, al final perdimos el contacto.
Hace unos días mi hermano me llamo y me conto que Henry había muerto recientemente, dejando a su esposa con un niño recién nacido. ¿Quién fue Henry Guerra? No sé nada de sus últimos años, pero con la información que pude compilar de tantos días de batallas ajedrecísticas y aventuras diversas por las calles de Porlamar, puedo decir que fue un gran bebedor, amigo fiel, pendenciero, arrogante, genial, jugador, bailarín, deportista y enamorado de la vida. Pero ante todo, mi buen amigo es uno de los mejores jugadores de ajedrez que he conocido.
[1] El libro llegó a mis manos de una manera casual. Yo había estado ayudando a mi tía Ingrid a vender unos libros del Círculo de Lectores, y ella me ofreció pagarme con dos libros que yo escogiera. Como me habían regalado un tablero de ajedrez el año anterior y ya conocía las reglas, decidí que uno de los libros sería un manual de ajedrez. El libro en cuestión, estuvo acumulando polvo en mi biblioteca por tres años. Hasta que un día, descontento por tantas derrotas en el tablero, decidí abrir el libro y estudiar su contenido.
[2] Ernesto se convirtió en mi primer entrenador de ajedrez, y en las tardes, luego de jugar con Zavala por horas, el me llevaba a la biblioteca para que leyera los libros de ajedrez que tenían allí. Me acostumbré a leerlos sin tablero, porque según mi amigo, era una forma de desarrollar la “visión interior” que todo ajedrecista debe poseer.
[3] Este jugador, campeón de nuestro liceo ese año, es hijo de un conocido poeta margariteño, y fue la primera persona que vi jugar 1. d4. Creo que nunca pude ganarle una partida.
[4] Este amigo es el mismo que mencioné en la entrada sobre el encuentro entre Marion Tinsley y Chinook, y con el que jugué muchas partidas de damas.
[5] Entre las partidas que gané en este torneo, recuerdo con particular agrado la que gane frente a quien a la postre gano el torneo (Nigel), y otra a Ernesto, mi antiguo instructor.
[6] Aun hoy en día, pienso que en ese tiempo Henry era mucho mejor que yo. A pesar de que en nuestros matches existía mucha paridad, mi amigo obtenía mejores resultados que yo frente a los mejores jugadores del Estado.
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